jueves, 12 de abril de 2012

CANDIDATOS DE FOTO SHOP

COLUMNA

CHICOTAZOS

CANDIDATOS DE FOTO SHOP

FREDDY SECUNDINO S.

A dos meses y medio de las segundas elecciones federales más importantes de este siglo en México, los tres principales candidatos a la Presidencia de la República no han pasado de ser imágenes de foto shop y, peor aún, el grueso de los electores sigue yéndose con la finta y su decisión para señalar a su favorito empieza y acaba en una observación simplista y dominada por las reglas del consumo mercantil.

Los electores interesados en escuchar ¡por fin! propuestas honestas y claras para que el país salga adelante, somos rehenes de intereses sectarios y partidistas que luchan por el poder sólo para conseguir y/o mantener canonjías de grupo, sin importarles un comino los más de 50 millones de pobres en el territorio nacional, el cada vez más descarado narcopoder –nutrido y convalidado por una estúpida guerra sin estrategia, hecha sólo a base de balas y sangre-, la creciente impunidad, la inequitativa distribución de la riqueza, la casi institucional corrupción, la escasa rendición de cuentas, el encumbramiento de los poderes fácticos, etc. etc…

En los tres principales aspirantes a la Presidencia, salvo contadas excepciones, pululan los buenos deseos, los propósitos sin fondo, los “yo quiero un México…”, los “lo que México necesita” y otros barriles discursivos rotos por el estilo. Es decir, las frases hechas y fáciles, los lugares comunes.

Se han olvidado de las grandes reformas que requiere un país subdesarrollado para intentar codearse con los del primer mundo. Cada uno ha presentado, más que ideas claras y concisas sobre cambios grandes, sólo temas, los “qué”, no los “cómo”. Divagan en abstracciones sobre seguridad, empleo (en esto, AMLO ha hablado de cifras al estilo Calderón en 2006, confiado en el apoyo de un grupo fuerte de empresarios –como FCH en 2006- y cree que tan sólo por eso ya tiene la patente para darle trabajo a millones que ahora sufren por conseguir el pan –o la tortilla- de cada día), educación, justicia, el campo, el petróleo y otros tópicos de la agenda nacional.

Una vez más, imperan las campañas del espot, de las descalificaciones, de exhibir las debilidades del otro en vez de los valores propios bien entendidos e irrefutables. Todo acaba, nuevamente, en el efecto inmediato, fútil, volátil; en el eslogan publicitario cual estribillo de canción de cantina –o de antro, da lo mismo-, en la imagen falsa pero de mejor aspecto y que llene el ojo del electorado, más que responder a las necesidades del país por una silla presidencial bien ocupada.

Si hemos de basarnos en los números de las encuestas ya conocidas, hay un 30 por ciento de electores indecisos, un 15% que podría cambiar su voto y un porcentaje indeterminado de abstencionistas. ¿Cuántos mexicanos entonces llevarán a Los Pinos a quien gane? ¿Con qué tanto poder ciudadano gobernará? ¿Cuánto respeto y reconocimiento obtendrá y, sobre todo, merecerá?

Sea el porcentaje que sea, quien gane gobernará con el voto de la minoría de los mexicanos y ni siquiera con la de la mayoría de los electores (que no es lo mismo que la mayoría de los votos válidos emitidos). Su credibilidad será peor que la de Felipe Calderón, que ya es demasiado decir.

EL WILLIAM LEVY MEXIQUENSE

Muy pocos de quienes prefieren al priísta Enrique Peña Nieto podrán sostener con seguridad, certeza y la información política necesaria, que votarán por él por sus propuestas de gobierno. En primer lugar, porque éstas son muy vagas, generales y poco convincentes para el devenir nacional. Y en segundo lugar, porque sus adláteres mordieron el anzuelo por lo más blandito y superfluo: su imagen física. Las mujeres están con él por guapo, como si darle su voto fuera sinónimo de propuesta más que amorosa, sexual, y bastara para llevárselo a la cama, como es su ingenuo sueño. Esto, más que lástima, provoca risa.

Claro, al William Levy mexiquense le tiene sin cuidado que su imagen sea lo único o lo que más y mejor engancha a sus eventuales votantes. Por el contrario, sabe que, de ganar, gobernaría a un pueblo de desinformados, indiferentes y conformistas, que cuando protestan por lo que no les gusta lo hacen de boca para afuera, o aplauden al oír el coro, o bien reniegan con el hígado.

Mucho menos le importa que en las redes sociales –los verdaderos pizarrones públicos creíbles y honestos- “todo mundo” se burla de su vergonzosa ignorancia. ¿Para qué fijarse en eso, si en México ni siquiera la mayoría de los periodistas no lee ni tres libros al año, y muchos de los que leen o dicen leer no conocen ni la mitad de la mísera bibliografía que tal vez recuerda el candidato del teleprompter?

Cómo me gustaría que algún investigador universitario les hiciera a mis colegas periodistas la misma pregunta que marcó a Peña como un ignorante incorregible y de antología. Por esta identificación de sapiencia y nivel cultural e informativo, la mayoría de los que presumen de ser “analistas reconocidos” no le hicieron tanto caso a tales pifias de Peña, además –claro- de que muchos son sus simpatizantes.

Al William Levy mexiquense y a sus seguidores no les importa que el acelerado desempleo, la carestía, la espantosa inseguridad y el baño de sangre de la guerra antinarco calderonista deban tener ya un plan para ser problemas, si no erradicados en un sexenio, sí combatidos con inteligencia y resultados. Su guapura es suficiente para tranquilizar al país, su sonrisa cautivará a los empresarios para que creen empleos, la ciudadanía lo admirará y le dará los méritos que le faltan; y lo más espectacular y grandioso: los narcos y delincuentes utilizarán su dinero y poder para ser como él de atractivos y amables y gracias a ello negociar a capricho su impunidad.

Esto no lo digo yo, me lo han dicho en la calle hombres y mujeres, gente “del pueblo” (la “prole”, la bola de pendejos que lo envidian, como dirían la hija de Peña y su novio).

Peña Nieto ha sido, es y seguirá siendo el bonito empaque de una cajita que se vende en el mercado electoral, y los casi seis mil millones de pesos que su partido podrá gastar en la campaña, más los millones que no declare y sepa ocultar, serán más que suficientes para que sus equipos de expertos en mercadotecnia, publicidad, comunicación y política –en ese orden- traten de sostenerlo en el gusto del electorado, cual refresco de cola o bolsa de papas fritas, además de comprar a periodistas dispuestos a cobrar lo que sea por quedar bien con él y llevarlo al poder.

EL WALTER MERCADO OLMECA

Por su parte, Andrés Manuel López Obrador –quien “curiosamente” empieza a subir como la espuma, gracias a las burradas de Josefina Vázquez Mota (“La Jefa” de jefas) y su revuelto equipo- camina entre su irrefutable eterno mal humor y su maquillado intento de ser visto ahora como el Romeo moderno o supuesto Lula mexicano.

Esta especie de Walter Mercado olmeca –para muchos su nuevo apodo- en la pantalla electoral mexicana se empeña en quitarle a Peña, al menos, los votos de las amas de casa politizadas y las de bajos recursos que no se convencen aún de votar por el galán iletrado mexiquense. Pero su incorregible y acendrada terquedad lo exhibe en sus mítines y declaraciones ante la prensa, toda –o casi toda- ávida de provocar a su “encolerizado” hígado, más que a las neuronas del estadista que quiere ser.

Para su desgracia, sus adversarios aún conservan o se dejan convencer fácilmente con frases que en 2006 le sirvieron a la “mafia del poder” (como él la bautizó) para descalificarlo y hacerlo ver como “un peligro para México”. El grueso de los electores que le dio su voto a Calderón (aunque muy pronto se arrepintió de ello) nunca entendió, ni entenderá –y mucho menos podrá explicar con claridad- por qué AMLO es peligroso. Se cuelgan primitivamente del comparativo con Hugo Chávez y no tienen ni la más remota idea de quién es el aguerrido presidente venezolano (quien, por cierto, acaba de aumentar en más del 30% el salario mínimo en su país, ¡y lo llaman “populista”!).

Pero durante cinco años, AMLO contribuyó al estado vegetativo de esa animadversión simplista y hasta racista contra él y el PRD, que muchos conservan y a quienes lo que menos les importa son las propuestas de gobierno del tabasqueño. Puede más la repulsión física hacia él, que sus posibilidades de poder hacer de México un país admirable –políticamente hablando-, algo que ni Fox ni Calderón pudieron lograr ni en el nivel más elemental.

Cuando AMLO hubo amarrado a varios millones de eventuales votantes, tras cinco años de recorrer el país (en este sentido, es el único candidato que puede presumir de ser quien mejor conoce México), y también se enteró de que un buen número de los adinerados (la mentada “mafia”) no sólo estaban decepcionados de Calderón, sino que ya no quieren saber nada de él ni del PAN, sonrió, sacó su lado histriónico, dibujó un corazón en su frente y se sacó de la manga su tan criticada “República amorosa”.

Para sus más fieles seguidores, fue “una lindura”, pero sus eternos adversarios no lo bajan de cursi, como si esto fuera exclusivo en él y nadie sea víctima de los afectos fáciles y por eso también sea susceptible de verse y oírse igual o peor que el tabasqueño.

Esta “vuelta de tuerca” se le reconoce a López Obrador como político que quiere gobernar el país, pero el tiempo se lo está comiendo tan rápido como para que ese 30% de indecisos le dé su voto y gane el 1 de julio próximo.

Aunque seguramente subirá en las preferencias electorales –las reales, no las pagadas-, AMLO necesita mucho más que tender su mano amiga y franca en mangas de camisa y en espots que todos ven pero pocos atienden. Como bien lo dijo en febrero pasado el encuestólogo Francisco Abundis (de Parametría), la mayoría de las encuestas no sólo lo pondrán en tercer lugar, sino que lo presentarán como el seguro derrotado, por la sencilla razón de que la mayoría de las encuestadoras se ha comprometido ya con el PAN y/o con el PRI, y quien esté medianamente informada(o) debe saber que esas empresas ponen adelante a quien las contrate.

Con su declaración, Abundis (por cierto, no identificado con AMLO ni con el PRD), se convirtió en caníbal en su oficio (o como se dice en el argot periodístico, “perro comió perro”), pero ninguno de sus colegas lo desmintió ni dijo nada al respecto.

Resulta pues, al menos “curioso”, que diez sondeos independientes realizados con un universo electoral muchísimo más amplio que el de las encuestadoras más conocidas, ubiquen a AMLO en primer lugar, seguido de Peña y con Josefina en un lejano tercer lugar. Quien lo dude, que consulte la página 16 del periódico La Jornada del martes 10 de abril pasado. Entre esas empresas encuestadoras están: Univisión, ITAM, UNO Noticias, Demotecnia y Milenio TV.

Si esto se confirma, AMLO será visto por sus adversarios como una pesadilla para ellos y un peligro para México. Y si AMLO lo asimila bien y deja de victimizarse, será aún más amoroso que hasta ahora.

LA FLOR MÁS BELLA DEL EJIDO

Quien suponía que “todo México” (y hasta buena parte del mundo) la veía ya como la primera presidenta del país, no ha resultado más que una pantomima de un pretendido montaje teatral mal ensayado, sin dirección y con actores improvisados e inexpertos.

La rijosa y desgastante campaña interna en su partido, el PAN, no sólo continuó al ganar Josefina Vázquez Mota la candidatura, sino que se acrecentó, se hizo más evidente y acabaron lanzando obuses y misiles (digo, para ir acorde con el lenguaje bélico de Calderón) a diestra y siniestra, pero todos, por supuesto y sin excepción, pegaron en la ahora cómicamente bautizada como “La Jefa”, una etiqueta que no sólo le queda grande, sino que es un bumerán burlón que ya le provocó trending topics en las redes sociales, que la desprestigian aún más y la empujan en caída vertical en las preferencias electorales, aunque sus seguidores y encuestas la quieran sostener con pinzas en un hipotético y conformista segundo lugar.

Vázquez Mota, en vez de insistir en presentarse como la imagen de la mujer mexicana inteligente, luchadora y con carácter (“de falda, ¡pero con muchos pantalones!”… ¡¡já!!), debiera primero intentar (lo sé, algo casi imposible) borrar de sí ese retrato en sepia de “chica Ibero” con sonrisa forzada de la flor más bella del ejido. ¡Le urgen unas clases de educación de la voz –como a AMLO- y de actuación!

Rígida, plana, con personalidad cambiante, el rostro pétreo, incómodo, como harto de sí mismo, la mal llamada “Jefa” (¿de quién? ¿Del PAN?... No… ¿De su equipo de campaña?... ¡Menos!) va cada vez contra corrientes blanquiazules que, sin duda, la ahogarán en una campaña que se le hará eterna y torturadora.

Ella y su equipo de apoyo inicial creyeron que llegarían a Los Pinos el 1 de diciembre próximo sin mayores problemas, y que por el solo hecho de ser mujer, el electorado femenino se sentiría identificado con ella en automático, a ciegas, y formarían una multitudinaria cadena histórica con ella al frente y harían de México un país mucho más próspero que la Alemania de Angela Merkel, el Chile de Michelle Bachelet, la Argentina de Cristina Fernández, y hasta el Brasil de Dilma Roussef (aunque apenas empieza), ya no digamos el Israel de Golda Meier... Nada más iluso y políticamente ingenuo.

La manera tan elemental de armar una campaña mediática se tropezó muy pronto –y qué doloroso ha sido para ella- con una espinosa y sinuosa realidad. A la pesada carga moral de un foxismo frívolo, corrupto y torpe, y a un belicoso, sangriento y catastrófico calderonismo (cuyos logros -de ambos-, por muy aceptables y valiosos que pudieran ser, no alcanzarán para calificarlos medianamente en la historia nacional), Vázquez Mota cayó en las filosas fauces de sus propios errores y los de su equipo.

Sabedora de eso y de que, sobre todo, la peor campaña negativa y la guerra sucia son de sus correligionarios (recuérdense las descalificaciones, duras pero ciertas, de Ernesto Cordero en la batalla interna del PAN, quien -¡mire usted qué casualidad!- ahora es su asesor), Vázquez Mota no sólo ha tenido que llamar en público a los panistas, una y otra vez, a la unidad y la fuerza conjunta, sino que se deslindó de Calderón –de quien nunca fue su candidata y quien finalmente terminó por tomar el control con tanto descaro, que incrustó a sus incondicionales y familiares, entre los que le harán la campaña a Josefina-. Esto quiere decir, simple y llanamente, que deberá hacer y decir lo que ellos le digan, le guste o no y aunque en público digan o aparenten lo contrario.

Tras innumerables errores y aclarar que no renunciaría a la candidatura –rumor que esparcieron sus compañeros de partido-, la susodicha “Jefa” dio un supuesto “golpe de timón” cuya imagen y discurso son tanto o más belicosos y soberbios que los de Calderón en su sangrienta lucha antinarco. Han incrustado términos como “guerra”, “ejército”, “fuerza”, etcétera.

Es evidente que no sólo no les importa dividir otra vez (como en la campaña de 2006) a la tan de por sí boquifloja y excluyente sociedad mexicana, sino que mantienen la necrófila ocurrencia de que los 50 mil muertos en la guerra antinarco calderonista “son los menos” o “los malos”, como diría el chaparrito pelón de lentes. ¿Acaso pretenden someter aún más al país bajo el rojo clima de miedo y zozobra en que ha vivido todo este sexenio?

Tal parece que sí.

De continuar como va, abrumada y ahogada en un grupo broncudo y disímbolo entre sí, en el que todos quieren ser jefes de todos, Vázquez Mota acabará la noche del 1 de julio próximo como Roberto Madrazo en 2006: en la soledad de un lejano tercer lugar y en la soledad con su familia, olvidada por quienes hoy dicen que llegaron para ayudarla a ganar, algo así como el Tri del futbol mexicano en Sudáfrica 2010 soñando con obtener la Copa del Mundo.



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