viernes, 27 de julio de 2012

GUERRA CIVIL, POR CONFLICTO POSTELECTORAL


COLUMNA
CHICOTAZOS



¿TOMA DE POSESIÓN EN LOS PINOS?


FREDDY SECUNDINO S.

El rumbo del asunto postelectoral en México va dando visos de varios escenarios históricos que, eventualmente, podrían incluir uno nada alentador para nuestro futuro y noquearía a la endeble democracia de que “gozamos”, a la que la clase política, en lugar de vitaminar, discapacita cada vez más.
         Todo indica que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) no invalidará los comicios del 1 de julio y le otorgará a Enrique Peña Nieto la constancia de mayoría y, por ende, de Presidente electo, dejando en cosa menor (una sanción económica) lo relativo a la violación de la Constitución (en su artículo 41) y el presunto lavado de dinero en la campaña del priista.
         A estas alturas del problema, está de más insistir con detalle en el vergonzoso papel del Instituto Federal Electoral (IFE), cuyo consejero presidente, Leonardo Valdés Zurita, no sólo ha desechado con personal prisa todos los argumentos y pruebas que el Movimiento Progresista presentó para impugnar la elección presidencial, sino que hasta se convirtió en abierto y descarado defensor del PRI, al justificar el papel de las encuestadoras, sobre todo a GEA-ISA, la que durante todo el proceso electoral le dio una descomunal ventaja a Peña Nieto.
         Curiosamente, Valdés Zurita endureció sus palabras relativas al papel del IFE ante la impugnación del Movimiento Progresista luego de reunirse en privado con algunos dirigentes priistas, quienes le habrían presentado su denuncia sobre el presunto rebase del tope de gastos en la campaña de AMLO y la supuesta inyección ilegal de dinero por parte de gobiernos “de corte perredista”.
         Pedro Penagos, magistrado del TEPJF, hizo una dudosa y temeraria declaración pública en el sentido de que en su fallo sobre la legalidad de la elección presidencial “no influirán las marchas ni manifestaciones”.
         Aunque subrayó que se apegarán estrictamente a la Carta Magna, una lectura política de sus palabras nos dice que él (y probablemente el resto de los magistrados) son de antemano de la misma idea de su presidente, Alejandro Luna Ramos, quien anticipó hace unas semanas que “nadie ganará en la mesa lo que no obtuvo en las urnas”. Es decir, la impugnación no pasará y declararán a Peña Nieto Presidente electo.
         Atrás quedarán, pues, para el anecdotario, la descarada compra de votos, la inequidad, la certeza, el dinero de dudosa procedencia y en exceso, las trampas, la corrupción, la burla mundial, el sueño nacional por el avance de la democracia, la fresca irrupción del movimiento estudiantil #YoSoy132 (convertido ya en otro enemigo, no adversario, del sistema), la ilusa propuesta de AMLO de un Presidente interino, etc. etc. etc.
         En circunstancias tales, si bien el #YoSoy132 mantendría su firme y admirable postura pacifista (a pesar de que miles de sus simpatizantes continúan enarbolando la peligrosa bandera de “Si hay imposición habrá revolución”), seguramente algunos grupos radicales anti-PRI estarán dispuestos a todo, con tal de tratar de impedir que Peña Nieto se siente en la silla del águila.
         Así como al IFE le urge deshacerse de lo que considera fútil o desechable respecto a la impugnación del Movimiento Progresista y ya dejó para enero el resultado de las pesquisas sobre el eventual dinero indebido en la campaña de Peña, los magistrados resolverán lo más rápido posible no sólo lo concerniente a las dudas sobre la elección de diputados y senadores, sino la de Presidente de la República.
         Es decir, creo que no consumirán todo el tiempo legal para su fallo (hasta el 6 de septiembre). Resolverán días antes del 1 del mes patrio, fecha en que entra en sesiones el nuevo Congreso de la Unión, a fin de que Peña empiece a negociar la aprobación fast track de, al menos, una de las llamadas “reformas estructurales”, en este caso la laboral (que ya está “consensuada” por la Legislatura actual), con el ánimo de buscarse legitimidad y, al mismo tiempo, para echarle una manita a Felipe Calderón y se vaya con una tajada de ese envidiable pastel político, puesto que éste sería el único probable “triunfo” para su sexenio, visto desde la sociedad.
         Esta votación en el Congreso, con la mayoría PRI-PAN, más quizás algunos perredistas de la corriente de Los chuchos, sería también el indicativo de que el futuro gobierno sí cumplirá sus promesas de campaña y, sobre todo, será la punta de lanza para dejar claro que la ciudadanía no se equivocó en las urnas y sólo “los violentos” se oponen al avance del país.
         Además, con ello se pretendería allanarle el camino a Peña para que tome posesión en el palacio de San Lázaro, de manera “normal” y no como lo hizo Felipe Calderón, superprotegido por la Policía Federal y el Estado Mayor Presidencial, entrando por la puerta de atrás del salón de plenos y colocándose la Banda Presidencial de manera bochornosa.
         ¿Pero qué tan seguro sería esto?
         De ser así, la presencia de fuerzas de seguridad pública (granaderos, Policía Federal, Estado Mayor Presidencial, soldados y hasta marinos) sería multitudinaria en los alrededores e interior del recinto legislativo y Peña Nieto tendría que llegar en helicóptero porque miles de integrantes del #YoSoy132 y otros grupos afines o no a los estudiantes se apostarían en las calles aledañas desde uno o dos días antes del 1 de diciembre.
         ¿Qué caso tendría dar al mundo un espectáculo de esa naturaleza?
         Según la nueva reforma política, en la que se contempla en la Constitución (artículo 87) que la toma de posesión del nuevo jefe del Ejecutivo federal sea ante el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, de no haber condiciones para hacerlo en el Congreso de la Unión, el segundo escenario sería la sede del máximo tribunal del país.
         Pero como éste también podría ser cercado por los manifestantes, aunque las fuerzas del orden público lo protejan varias calles a la redonda, el espectáculo sería el mismo.
         Por lo tanto, se recurriría a un tercer escenario: Los Pinos (el Auditorio Nacional no sería apto para un acto protocolario de esa índole, además de que se rebajaría su importancia, por más que se quiera tener a cientos de invitados especiales y darle un toque “ciudadano”).
         Así, ni Felipe Calderón ni Peña Nieto se verían expuestos a ser tratados mal por los legisladores del Movimiento Progresista, ni por nadie más, y todo se haría ante las cámaras de televisión y demás medios de información, con sonrisas de oreja a oreja.
         Si la nueva reforma constitucional autoriza que el cambio de la Banda Presidencial sea en presencia del ministro presidente de la SCJN, se adapta uno de los salones de la residencia oficial, asisten los integrantes de las mesas directivas de ambas Cámaras (sin la presencia de los del Movimiento Progresista) y asunto resuelto. Peña llegaría en helicóptero y a los demás asistentes les abrirían camino la Policía Federal y el Estado Mayor Presidencial.
         ¿Qué más da que no estén presentes para aplaudir jefes de Estado de otros países e invitados especiales, como siempre se ha hecho, inclusive en 2006? Ya les invitarán el champaña en otro sitio de Los Pinos.
         Con ello, la idea de AMLO de un Presidente interino, debido a un conflicto de impredecibles proporciones que impida a Peña tomar posesión, se quedaría en eso: un sueño pejista.

¿QUIÉN QUIERE UNA GUERRA CIVIL?

Vistas las cosas así, todo parecería ir viento en popa. ¿Pero quién nos asegura que ese grito de marcha estudiantil de “Si hay imposición habrá revolución” se quedará en sólo consigna callejera?
         Este choro viene a cuento aquí porque días antes de las elecciones del 1 de julio pasado salió a la luz pública una novela que atrajo mi atención por la tesis que maneja: la guerra civil en México, tras unas elecciones (éstas) conflictivas en extremo.
         Hasta ahora, todo ha ido en calma... “Chicha”, pero calma al fin.
         ¿Se mantendría sin escalar hacia el rojo, a partir de que el TEPJF avale los comicios y declare a Peña Presidente electo?
         La novela referida es Coro de monólogosMéxico, entre la apatía y la tragedia- (Tercer Escalón Editorial, 2012), del joven y novel escritor mexicano Raúl Rodríguez Rodríguez.
         Sin ánimo de ser un agorero de la violencia, ni nada por el estilo, sino sólo respondiendo a sus “demonios literarios”, pero consciente de que la realidad político-social mexicana pareciera encaminarse hacia un escenario sangriento provocado por la feroz lucha por el poder, el autor narra una historia que parte del resultado de una contienda electoral en la que participan los mismos actores del 1 de julio pasado.
         Si bien esto es sólo el gancho literario para atrapar al lector desde el primer párrafo de la novela, Rodríguez Rodríguez va soltando lenta y temerariamente una intrincada serie de sucesos nada agradables (ni mucho menos deseables) que pinchan al país y lo desangran en una guerra civil con similitudes a la vivida en Libia para derrocar a Kadafi y a la que ahora experimenta Siria.
         Es decir, un conflicto armado entre dos facciones en el que hay militares y civiles muertos, aunque la vida pasa con aparente normalidad en ciertas zonas de las principales ciudades (el DF en primer lugar) y/o regiones del país, dependiendo quién gobierne en ellas.
         Raúl Rodríguez Rodríguez, metido en asuntos políticos como ex funcionario público y ahora en un corporativo de medios (MVS Radio) conoce muy bien los sabores y sinsabores de nuestro sistema de gobierno y, sobre todo, de las pocas virtudes y muchos pecados de la clase política. Para él, la historia nacional actual no ha variado prácticamente en nada respecto a la de hace un siglo y por eso el desgarre sangriento en que caen los protagonistas de Coro de monólogos.
         Lo que considera “la condición humana desde la política” es su tratado en la novela para hacer un análisis de nuestros políticos: ineptos, corruptos, convenencieros, tramposos, cínicos. O sea, demasiado predecibles, aunque votemos por ellos, al parecer, sin mayores cuestionamientos.
         Todos, en lo individual y en grupo, son parte de un rompecabezas que ni ellos mismos entienden ni quieren entender, ni mucho menos armar y darle forma, o al menos que la ciudadanía los entienda y acepte. Algo así como darle de comer al pueblo no lo que necesita, sino porque no tiene nada en el estómago y ha de consumir lo que le den, con tal de no morirse de hambre.
         Y en ese coro personalista también gritan los poderes fácticos, los mismos que durante el pasado proceso electoral tanto daño habrían hecho a nuestra de por sí discapacitada democracia.
         El autor pretende lo que muchos deseamos y exigimos a la clase política: el rescate de la conciencia social, del civismo y el humanismo, que tanta falta hacen y a veces pareciera que están a años luz del pueblo.
         Y para ello toma muy en serio el papel del ciudadano “de a pie”, el mismo que ahora podría englobarse en la filosofía del movimiento estudiantil #YoSoy132, cuyo principal propósito ha sido despertar la razón ciudadana ante los que pretenden gobernarnos (políticos y poderes fácticos).
         Preocupado por lo que ve como apatía ciudadana, Raúl Rodríguez Rodríguez sugiere con su novela que la efervescencia social se revele como una catarsis pacífica y no termine con las calles y el campo mexicanos teñidos de rojo sangre, que ya demasiada se ha derramado (y esto lo digo a voz propia, aunque él coincida conmigo) en la estúpida guerra antinarco de Felipe Calderón.
         ¿Qué tan lejos estamos los mexicanos de un escenario de violencia como el que pinta en Coro de monólogos? Probablemente muy cerca, pero ojalá que la línea divisoria sea tan complicada de cruzarse no por lo intrincada que se vea, sino porque el ánimo de quienes quisieran atravesarla (y quizá de quienes quieran que la atraviesen) no acumulen ni el odio, ni la desesperación, ni el hartazgo, ni la furia necesarias para una aventura de esa naturaleza.
         Tal vez el bando que pelea el poder esté dispuesto a obtenerlo a como dé lugar y por sobre quienes se opongan, y a veces así pintan las cosas, pero esperemos que, si ha de destaparse la cloaca aún más de lo que ya está, la pestilencia no sea tal como para que el solo hecho de que Enrique Peña Nieto sea declarado Presidente electo y eventualmente tome posesión sin mayores problemas, nos arrastre a un conflicto armado.
         Coro de monólogos debe tener éxito en ventas porque el tema que trata es muy interesante y muy nuestro, además de que está bien escrita, pero que, como se dice vulgarmente, a Raúl Rodríguez Rodríguez se le haga la boca chicharrón y que dentro de unos meses se le aplauda por tratar de ese modo la realidad política y social mexicana actual, y que le estemos pidiendo otra novela exitosa como se merece serlo ésta, su primogénita.
         En entregas anteriores de esta misma columna, he manejado la nada agradable hipótesis de que con Peña Nieto en el poder podría haber represión policiaca, por la sencilla razón de que no faltarán los grupos radicales cuyo enojo sea tal que se avienten al ruedo con todo, en contra de lo que el mismo #YoSoy132 entiende como su “imposición” en la Presidencia de la República.
         Pero aunque no creo estar equivocado, al igual que el escenario que pinta Raúl Rodríguez Rodríguez en Coro de monólogos, espero que sólo por eso también a mí, como a él, se me haga la boca chicharrón, con tal de que no tengamos que ver en las calles cuerpos ensangrentados ni siquiera por garrotazos y patadas de los policías, como en Atenco, estado de México, en 2006.






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