viernes, 31 de agosto de 2012

LA MADRE DE LAS IMPOSICIONES


COLUMNA
CHICOTAZOS



LOS NUEVOS “HÉROES” DE LA DEMOCRACIA


FREDDY SECUNDINO S.

Debiera haber fiesta en todo el pueblo, pero no es así. Debieran estar abiertas las puertas de todos los hogares para alojar a cualquiera que pase por enfrente. Debieran verse sonrisas por doquier con blancos dientes alumbrando rostros sin arrugas. Debiéramos estar todos alegres, sin luto en ningún hogar. Debieran los niños jugar hasta con su sombra sin que nadie les dijera nada. Debieran los abuelos implorar la muerte porque lo han vivido todo y sin desgaste. Debieran hasta los perros ladrar de júbilo y, sin embargo, hay rabia en su saliva. Debieran las iglesias rebosar de esperanza, pero las campanas están doblando a misa…
         Hoy, el día debiera ser alegre para todos, pero no todos celebran por la vida.
         “Esta pantomima sangrienta y desgarrada –diría el poeta triste–, este truco monstruoso y despiadado que está aquí ahora en la picota del escarnio… ¿Para qué? ¿Qué significa? ¿Adónde vamos? ¿Adónde nos lleva todo esto? ¿A la justicia? Pero ¿qué es la justicia? ¿Existe la justicia? Si no existe, ¿para qué está aquí Don Quijote? Y si existe, ¿la justicia es esto? ¿Un truco de pista? ¿Un número de circo? ¿Un pim-pam-pum de feria? ¿Un vocablo gracioso para distraer a los hombres y a los dioses? Respondedme… Respondedme… Que me conteste alguien… ¿Qué es la justicia?” (*)
         Y nadie responde. Porque la justicia en mi país es una carcajada. Una burla. Una farsa. Un montaje. Un escenario hechizo. Una palabra en boca ajena. Y es también llanto de impotencia. Y es juego perverso entre risas y lágrimas. Y es un dibujo a lápiz que se puede borrar y repetir y borrar y repetir y borrar… y así hasta el infinito, hora tras hora, día tras día, año tras año, por los siglos de los siglos…
         Yo supe de un país burlado que sufrió golpes, cachetadas, escupitajos y toda clase de bajezas. Un país en el que lo escatológico era el pan de cada día. Un país que fue vereda, que fue camino, que fue tierra pisoteada. Un país que antes de convertirse en polvo vino la lluvia y le engendró nuevos seres, nuevas personas, nuevos hombres, nuevas mujeres. Un país que brotó cual ave fénix y se levantó y creció y defendió su cuerpo, apostó su vida, no le importó la muerte, y venció a sus verdugos, ya no fue vereda, ni camino, ni tierra pisoteada.
         Supe de un país convulso que imploraba justicia y peleó por ella aun agonizante. Un país donde sus niños lloraban de hambre mientras sus padres ofrendaban su vida por ganar un mendrugo de pan. Un país donde los abuelos sirvieron de piedra en el camino para tropezar a los rivales. Un país donde los perros ladraban anunciando la llegada del enemigo. Un país donde las campanas doblaban por la gloria que pronto habría de llegar.
         ¿Dónde está ese país? ¿Dónde está ese pueblo? ¿Dónde sus verdugos? ¿Dónde sus hombres valientes? ¿Dónde sus mujeres al lado de los hombres, junto a sus niños y atrás de sus abuelos?
         Aquel país que se desangró para sembrar la tierra y brotaran nuevos seres, está siendo encostalado por unos cuantos verdugos. Virus humanoides lo han invadido y amenazan con extinguirlo. Han tendido trampas por doquier, con cebos que saben a miel y a fruta fresca. Han comprobado la debilidad que provoca el hambre cotidiana. Saben que las migajas repartidas no alcanzan para todos. Ya vieron que muchos se arrastran como pueden en busca de una esperanza que no está en el sitio adonde se dirigen. Y alistan sus machetes, sus espadas, sus hachas afiladas. Y lentos, desvergonzadamente lentos van asestando golpe tras golpe, espalda por espalda, cabeza por cabeza. Y tiñen la tierra de rojo. Y pintan las piedras de escarlata. Y tintan de sangre la savia de los árboles. Y mutilan. Y decapitan. Y quieren acabar con la esperanza de la última vida.
         ¿Qué tan fuerte es el lamento de los malheridos, para ser escuchado por alguien a lo lejos? ¿Es el viento lo bastante huracanado para llevar a cualquier parte el grito de dolor y auxilio? ¿Hay alguien a lo lejos que lo escuche y atienda su llamado? ¿No han acabado esos virus humanoides con todos los cerebros?... ¿Acaso queda algún cerebro entero y enteramente vivo?
         Ese país agonizante y convulso que tropezó, calló y fue pisoteado y se levantó y peleó con la boca llena de justicia, yo lo soñé y al despertar vi que estaba a mi lado. Se le veía animado, lleno de vida. Y supe que la sonrisa con que saludaba al nuevo día no era fingida, sino porque soñó con un futuro florido y soleado. Y lo vi tocar de puerta en puerta, cantando jubiloso y muy confiado que la esperanza no estaba muerta, que a todos llegaría el bienestar deseado.
         De pronto, todo era alegría. Los niños se divertían hasta con juguetes inventados. Los padres creían vivir lo que ni siquiera suponían, y los abuelos compartían felices lo sufrido en el pasado.
         Y cuando la esperanza estaba en su esplendor, dedos misteriosos taparon la luz del sol, llenando el ambiente de oscuridad y de terror, como cuando en el horizonte se pinta el arrebol…
         Todos parecían dormirse ante el eclipse simulado. Todos parecían víctimas de aquel monstruo sorpresivo. Nadie se movía en ese ambiente sombrío y secuestrado. Todo era calma, silencio depresivo.
         “¡Despierten!”, se oyó una voz, pero nadie supo de dónde venía. “¡Esto es una tragedia!”, continuó su grito, “¡nadie se lo merecía!”… Y aunque el silencio fue la única respuesta que encontró, recurrió al mismo poeta triste y así reclamó:
         “Si no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos que el orín de los perros; si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora… ¿cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros, ¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro?” (*).

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Habrá de entender usted, lector, que la poesía, claro está, no es la vida, pero es el recurso más humano y justo que hallé para parodiar un asunto tan delicado como el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para descalificar la impugnación interpuesta por el Movimiento Progresista contra la elección presidencial en México del pasado 1 de julio.
         Desde mi punto de vista –y como lo he sostenido en esta columna desde hace varias semanas–, no fue una sorpresa porque nunca creí en lo que se da en llamar “altura de miras” de los magistrados electorales. Y, peor aún, sus argumentos hechos públicos este jueves 30 no sólo confirmaron mis dudas y negras previsiones, sino que rebasaron toda consideración.
         Nadie sensato en México que haya visto la sesión del pleno de los magistrados podrá negar que lo único que les faltó a esos jueces fue soltar la carcajada cuando hablaban, para ilustrar así su punto de vista sobre el recurso legal que apoyaban muchos más que esos 15 millones de votos que se le reconocieron al candidato presidencial de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador.
         Si bien a su modo lo demostró en ese sentido el magistrado (priista de corazón y convicción) Flavio Galván, al decir que todo era “anecdótico” y resumir en unos cuantos ejemplos lo que a su juicio eran todos los elementos de prueba que presentó “la parte actora”, el hecho de que los siete integrantes del máximo órgano jurídico electoral del país se hayan llenado la boca hasta las náuseas con casi las mismas palabras y sobre los mismos casos, deja mucho qué desear y, sobre todo, confirma lo que muchos esperábamos: una alineación con el discurso del candidato presuntamente triunfador y su partido, Enrique Peña Nieto y el PRI.
         Lo que dijeron los siete y cada uno, bien pudo haberlo dicho el propio Peña, o el dirigente priista, Pedro Joaquín Coldwell, o el coordinador de la campaña tricolor, Luis Videgaray, o el ahora coordinador de los diputados del PRI, Manlio Fabio Beltrones.
         ¿Para qué se tardaron tanto tiempo, si tenían que salir con un dictamen político, simplista, parcial, anodino, falto de rigor jurídico, partidista, atiborrado de bla bla bla, con un infantil y cursi sinfín de citas de “frases célebres”, adulador de lo sucio, aval de la violación a la ley?
         Sabido es que en México la ley electoral está hecha no sólo para violarla sin tanto riesgo, sino para ganar (inclusive) la Presidencia de la República con marrullerías, con engaños, con trampas, con burla al electorado. Pero hasta las cinco de la tarde de este jueves 30 de agosto aún había millones de mexicanos que todavía creían en la sensatez e imparcialidad jurídica de esos supuestos expertos jueces, puestos ahí (ganando sueldos altísimos con dinero del erario nacional) para velar por los intereses de todos los mexicanos.
         Pero no. Nada de lo que esos millones que no votaron por Peña Nieto (y que no necesariamente le dieron su sufragio a AMLO) se vio reflejado en la decisión definitiva sobre los comicios del 1 de julio pasado. Al inaceptable entender (que no a su juicio) de los magistrados, ninguna prueba presentada “hizo prueba” y todas fueron menospreciadas en tono de burla al hacerlas una sola con ejemplos que lo único que despertaron fue la risa ajena, pues parece que ésa era su intención: demostrar que los ejemplos que ponían como inviables no eran sólo una muestra, sino que toda la impugnación era igual.
         Es decir, que el Movimiento Progresista le tomó el pelo inclusive a sus propios electores presentando pruebas que no sólo “no hacían prueba”, sino que no tenían ni la más mínima idea del derecho y todo lo hicieron con las patas.
         Las prisas a las que la ley electoral obligó al Movimiento Progresista a presentar la impugnación para que se invalidara la elección presidencial orillaban a ese peligro: que algunas que consideraban pruebas “no hicieran prueba” (viéndolo con estricto rigor jurídico vertical o, en mejores palabras, postura político-partidista, como la de los magistrados).
         Pero de eso, a darle a entender al electorado que unos cuantos ejemplos hechos públicos hablaban por todo el recurso interpuesto, no se puede interpretar más que como una burla descarada por parte de los magistrados hacia quienes votaron por AMLO, por quienes se decidieron por Josefina Vázquez Mota y por quienes anularon su voto o simplemente no acudieron a las casillas. Es decir, que los únicos mexicanos que tienen razón son quienes votaron por Peña Nieto, como ellos.
         Fue tan absurda la forma en que ilustraron su dictamen, que no se puede sino sólo comparar con este ejemplo tan burdo como el discurso utilizado como argumento “legal” por ellos: en la noche, un automovilista atropella con su auto negro a cinco peatones, cuatro mueren y uno queda con vida, pero éste alcanza a ver la placa del vehículo y levanta la denuncia ante el Ministerio Público; se hace la “investigación” y se presenta al susodicho responsable, junto con el vehículo, aunque éste, en vez de negro, es azul oscuro, si bien con las mismas placas denunciadas por la víctima. Pero como el auto no es negro, no hay culpable ni delito que perseguir.
         Queda claro que los magistrados no decidieron ni el jueves 30, ni un día antes, ni dos, ni tres, ni cuatro, sino el día que emitieron su voto en las urnas… Ahora podemos inferir, sin temor a equivocarnos, el nombre del candidato y el partido cruzado en sus boletas electorales. Más evidentes y burdos no pudieron haber sido. De ahí que ahora, para millones de electores no sea una sorpresa, aunque conservaban la esperanza de que, si bien le darían el sí a Peña, aceptaran que sí hubo irregularidades en la elección, aun no siendo éstas lo bastante “contundentes” (para emplear sus propias palabras) como para anular lo que el Instituto Federal Electoral ya había calificado como “ejemplar”.
         Desde hace varias semanas adelanté aquí que el fallo lo darían varios días antes de que se cumpliera el plazo máximo legal (6 de septiembre) e, inclusive, antes de que la nueva Legislatura iniciara sus trabajos. Y si lo hice no fue una mera invención o especulación periodística, sino porque en el propio TEPJF y en los círculos del poder era un secreto a voces que la decisión se tomó desde que el IFE y Felipe Calderón hicieron público el supuesto triunfo (ese sí, contundente) de Peña en las urnas.
         No en balde la cínica declaración del magistrado presidente, Alejandro Luna Ramos (den por hecho que ahora ya tiene ganada una silla en la Suprema Corte de Justicia de la Nación), al adelantar su juicio sobre la aún no presentada impugnación, advirtiendo que nadie ganaría en la mesa lo que no obtuvo en las urnas.
         De lo que se trataba, pues, era de cerrar el círculo iniciado meses antes de las elecciones: imponer a Peña Nieto tras una (aparente, pero ahora develada) acción concertada entre el PRI, el gobierno federal, los órganos electorales (IFE, TEPJF y Fepade), IP y medios de información afines.
         Por eso, también poco después de las elecciones, lo llamé “golpe de Estado electoral”. Pero sus protagonistas no pretenden quedarse en esta elección. Su propósito es consumar por muchos años más el oculto acuerdo bipartidista de repartirse la Presidencia de la República entre priistas y panistas.
         En lo personal, no creo que los magistrados hayan analizado “una por una y exhaustivamente” (como presumen) todas las pruebas presentadas por el Movimiento Progresista. ¿Por qué no hablaron, en la sesión del jueves 30, de las que sí “hacían prueba”, que por supuesto que sí las hay, y muchas? Pues porque no les convenía. Porque no debían manchar lo que ahora escucharemos hasta el hartazgo en todos lados: que no sólo fue una elección ejemplar (por supuestamente “limpia”) e histórica (por el fallo), sino que México ya es ejemplo de democracia a nivel mundial.
         Que vengan entonces de todos lados a pedirnos consejos de cómo tener un Presidente violando la ley, burlándose del electorado, comprando y coaccionando el voto, sobrepasando el tope de gastos de campaña, invirtiendo dinero de dudosa procedencia (inclusive, del narcotráfico) y logrando la unanimidad de los jueces encargados de calificar los comicios, sin hallar ninguna anomalía, por más evidentes y descaradas que éstas sean y por las que en cualquier país serio y justo se anulen unos comicios mal habidos.
         No, la consigna es imponer un discurso sobre la aplicación “impecable y estricta” de la ley (SU ley). Se trata de que todos entendamos, aunque no nos guste, que en México hay jueces justos, que miran por el bien común, que son ejemplo de respeto a la Constitución, que ahora sí se le está poniendo atención al sueño de “las mayorías” y que nuestros políticos que pelean el poder (y lo ganan) se atienen con restricción a los preceptos legales y así actúan.
         Pero no, nada de eso es cierto.


*Extractos de los poemas “¿Y qué es la justicia?” y “Pero ya no hay locos”, de León Felipe.





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