sábado, 14 de enero de 2012

EDIPO Y YO (Cuento)

FREDDY SECUNDINO S.

Su nombre fue una catarsis, una revelación.
Aunque sólo eran ocho letras impresas en el periódico.
¿Sólo eso?
Un nombre.
Y la punzada ahí estaba, abajo de mí, cimbrándome, desequilibrándome. ¡Sentía el estremecimiento!
-Nunca lo he hecho con nadie que no sea mi marido.
-Qué lástima.
-Pero contigo sí...
Y no.
No era un simple nombre.
¿Acaso primera y última fantasía?¿Por qué sería él quien vendría a darme un golpe tan preciso en mi punto más oculto? ¡Y a mis años!
-Siento como si fuera mi primera vez.
-¡Mmmmhh!
-Te me haces orgásmico..., incuestionable...
-Pruébame.
Lo juro: ni siquiera en broma algún día tuve con mi marido una conversación tal.

*****

Sin embargo, su nombre.
Ocho letras unidas irremediable e inmejorablemente.
¡Ups!
Sentí una como punzada.
Un estremecimiento. ¡Mmj!
Cuando hube leído el anuncio, otra vez, así, literalmente, me sentí como una cascada: una roca demasiado húmeda, vibrando por la fuerza del chorro espumoso interminable, que bajaba caliente y me mojaba completa, poseyendo mi piel, metiéndose por cada poro, hasta lo inenarrable.
Así de grande era la naturaleza de ese sentir. Así me imaginé un momento con él... Sé que ninguna palabra define lo que trato de explicar y tal vez sólo yo entienda eso que sentí y hoy confieso.
Pero lo mismo sentí al conocer a mi marido.
¡Y mi bondadosa y recatada conciencia sólo lo había sentido esa vez!
Hasta el día en que leí ese condenado anuncio, ese bendito nombre.
Breve.
Radiofónico.
Endemoniada, imperdonablemente excitante en sus pocas palabras.

*****

-Me excitó tu anuncio...
-Me pedirás más.
-¿Eres como tu nombre?
-Mejor.
¡Dios mío!
Para entonces, esas ocho letras impresas en el periódico ya representaban para mí, como alguien dijo un día, la belleza del mundo físico y el horror del mundo moral.
¿A quién más confesárselo? ¿A mis amigas? ¿A mis hijos? ¿A mi nieta?... La pobre sólo tiene ocho años.
¡Y de este modo!
¿Cómo?

*****

Pero tenía que confesárselo, Padre. Usted lo sabe: el oído de una persona es la puerta de su generosidad. ¿Qué mejor forma de atención hay, si no es ésa?... Hoy cumplo tres años entregándome a él una vez al mes. Creo que Xocoyotzin ni siquiera lo intuye: he sabido guardar el secreto y echarme a perder sin problemas cada mes, abriéndole las piernas a un extraño -no sé más nada de él, aparte de que se anuncia en el periódico alquilando su inmenso, enhiesto y contundente nombre-, permitiéndole introducirse en lo más mío, hasta lo más profundo, dejándolo navegar en mis esteros de aguas delicadas, ¡de darle de beber de mis reservas dulces!... Eso de las reuniones con las amigas es muy cómodo y no falla. De hecho -aunque no está usted para saberlo, ni yo para contarlo, querido Padre-, se supone que en estos momentos estoy con mis amigas... y llegaré tarde a casa, pero porque enseguida voy a estar con el dueño de ese misterioso nombre en el periódico. Me voy a entregar a él dentro de unas horas, igual como estos tres años de humedades compartidas... ¡Todo por un nombre!... ¿Qué absurdo, verdad?... Este es mi único secreto... Y el problema, Padre, en realidad no es el tiempo que ha pasado. Es aún mucho más complejo: no voy a dejar de hacerlo... Le juro que desde ese primer día en que me sedujo hasta el cansancio mojándome con todos mis ya casi resecos líquidos, he sentido a diario la imperiosa necesidad de bañarme en él... Como si fuera un castigo divino, Padre. Como si la condena fuera confundir el pecado con el placer... ¿Por qué yo? ¿Por qué él?... Si la penitencia ha de ser rezar, o la abstinencia, no me la imponga, Padre. No la cumpliré. Me he maltratado tanto haciéndolo, que ya hasta he llegado a convencerme de que ése es el castigo: desearlo... Sólo eso, Padre, sólo eso... Y sólo eso quiero. ¿Para qué más me serviría un hombre a mi edad?...



*Fragmentos del cuento "Edipo y yo", del libro "PRECOCIDADES" (Editorial Resistencia, 2006), de FREDDY SECUNDINO S.

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