jueves, 16 de febrero de 2012

SEÑORITA PARA USTED (Cuento)

FREDDY SECUNDINO S.

Jamás olvidaré lo que contesté a su saludo cuando lo conocí.
Él había dicho "Buenos días, señoras". Y supongo que nunca esperó mi rápida reacción.

¿Cómo no recordarlo?

A decir verdad, mi respuesta fue medio en broma, medio en serio. En ese orden. Las otras mujeres se rieron al escucharme... Él sólo sonrió.
¿Por qué no dijo nada?
Tal vez pensó que mi habla era una broma de mal gusto, una ordinariez, de esas tan comunes entre las mujeres jóvenes cuando están en grupo y ante un hombre solo...
Era, pues, un abuso.
Y él tenía razón en callar.
¿Cómo me atreví a hablarle así a alguien que no conocía?
Peor aún, ¡mucho mayor que yo!... Tanto, como poco menos del triple.
Claro, ésto, con el tiempo, sería mi placer absoluto, irrepetible, perenne. La virtud que habría de verse por los ojos inquisidores como la falta moral más vulgar. Yo, tan pura y tan limpia, acaudillando a mi más entera piel, mi más íntima profundidad, ¡con un desconocido!
Sin embargo, era tan sísmica su presencia, y así me lo pareció ese día, que cada vez que lo veía frente a mí cuan largo es, yo sufría ligeros temblorcitos en toda mi frágil e inexplorada geografía, tímidos estremecimientos que me avergonzaban conmigo misma, ¡libidinescos escalofríos! que no sé dónde empezaban ni dónde terminaban. Toda mi delgada y casta humanidad se cimbraba y se humedecía, como incitando al tigre a mitigar su sed del estival calor que repentinamente inundaba el lugar.
La suya era una presencia orgásmica. Hablando o en silencio, daba lo mismo: el placer era similar. ¿Cómo, entonces, no pecar con él? Ser virgen es una estupidez nada fácil de evadir. Claro, siempre y cuando se deje de serlo con un hombre como él.
¿No lo creen?
Yo estaba hecha para la pureza, la limpieza, lo inexistente. Era lo no violable, lo no penetrable, lo no disfrutable, lo prohibido. ¡Qué maldición! ¿Cómo desperdiciar semejante manjar?
Pero mis valores apenas me permitían pecar con la mente, y yo lo aceptaba. ¡Oh, qué angustia, Dios! ¿Y qué pasaría si desobedeciera? ¿Insoportable habría de ser el castigo? ¿Tanto como la abstinencia?
No.
No sabía cómo llamar al Ser Supremo para su cobijo. Sentía que me abandonaba ante ese precipicio, ese turístico tobogán. "No me dejes caer en tentación. Haz de mí tu esclava y aléjame de la lujuria, tan fuerte, tan olorosa, tan cálida y yo con tanto frío, tan dulce y yo con la boca tan amarga"...
Si tendría que mantener la pureza, deseaba que fuera sólo junto a él.
Si quería aceptar el padecimiento de ahogarme en un abismo de lujuria y perdición, soñaba con que fuera bajo su piel, sobre su piel, enrollada en su piel...
Durante varios años, de mi cuello para abajo, salvo la cintura, se mantuvieron en su propio termómetro todos mis adentros y todos mis afueras, mis rincones más ocultos, mis incólumes rincones, sus valles y mesetas, la tierra que anhelaba para su usufructo, su particular usufructo.
Sin embargo, sólo trabajamos juntos unos meses. Después, ya no supe de él un tiempo, lapso en que me obsesioné con mi reacción al conocerlo.
Mientras tanto, tuve dos novios, pero ambos tan o más insípidos que una sandía fuera de temporada, o más amargos que una naranja de clima tropical.
No quería que me lastimaran. No quería vivir eternamente con un mal recuerdo de sus bondades, que las tenían visibles, y muchas, por fortuna. Pero eso no era todo lo que yo quería para sentirme mujer. Con ellos, mi cuerpo nunca se cimbró como ante él...
¿Cómo engañarme a mí misma?
Mil veces virgen que una vez generosa y eternamente frustrada y reprimida.
Preferí la masturbación. Mis dedos aprendieron entonces de la delicadeza de mis labios más sensibles.
Tenía que rezar durante varios minutos, después de cada patológico momento de húmedos recuerdos, endemoniados recuerdos. Pero lo feliz y satisfecha nadie me lo quitaba, luego de dos o tres orgasmos a su salud, a su desconocida salud...
Me enteré de que él tuvo una aventura sexual con una amiga mía, tres años mayor que yo y quien ya se había librado de prejuicios que a mí me atormentaban hasta la desesperación cada vez que lo veía o pensaba en él. Suertuda de mi amiga...
-¿Cómo le hiciste?
-Muy fácil: sólo abrí las piernas.
Y no, no era nada fácil.
Mi raquítica tolerancia no alcanzaba para lograr tan libertina libertad. Estaba atada a mi estúpida conciencia. Pero aquella respuesta al conocerlo, me confundía tanto como envidiaba a mi amiga.
Más aún: a partir de la segunda ocasión que me describió con detalles su asqueroso y ramero revolcón con él en un mugroso hotel de paso, se me despertó un incontenible dejo de traición y venganza contra mi mejor amiga, tan entusiasmada con él, inclusive a sabiendas de que conquistarlo sería una agotadora empresa.
Y así fue.
A los pocos meses, en cuanto él hubo probado una y otra vez, hasta al hartazgo, esos flujos ya pisoteados, híbridos y agrios aguajes, se hizo a un lado, y de un día para otro, desapareció...
Lo asistía la razón.
Pero nunca se lo dije a mi amiga... Me informó su pena llorando.
Tampoco voy a olvidar jamás cuánta mentira tenía dentro de mí, como para ponerme a chillar con ella, escuchándola mientras mi demonio más sensual me hacía pensar alegremente en la posibilidad de volver a verlo.
¿Pero... cómo?
Era incapaz de pedirle su teléfono a mi amiga, si bien me moría por buscarlo.
Además, mi descaro no llegaba a tanto. Así que me resigné a escuchar no sé cuántas veces más los infantiles y necios lamentos de mi fracasada confidente, aprendiz de amante frustrada al primer embate del macho...
He dicho ya que mandé al cuerno a mis dos novios y sobreviví a la sequía a base de esporádicos autohumedecimientos, ayudada con mis dedos.
Y una tarde lluviosa de junio, me llamó a mi trabajo.
Ese día se cumplían cinco años de haberlo conocido. Cinco años de aquella respuesta a su saludo. "No hay quinto malo", fabulé con fascinación.
¿Cómo me encontró?
No lo sé.
Como no sé por qué escribo la pregunta, si nunca me atreví a planteársela, aunque hablamos largamente.
Mi cuerpo volvió a cimbrarse como hacía cinco años... ¡Cinco años!
Y yo, que me había perdido, que me había secado entre tanta aridez cotidiana, conformándome absurdamente con el recuerdo de aquella respuesta que él interpretó muy bien y ahora me lo demostraba.
Salí del trabajo y fui a encontrarme con él a la casa donde me citó.
No era la suya, por supuesto. Allá lo esperaban su esposa y cuatro hijos. Quizá fue un arranque de desquiciada líbido incontenida, qué más da, pero al poco rato ya estaba junto a esa inolvidable presencia, oliéndola, sintiéndola.
Por primera y única vez en mi vida bebí mezcal. Para entrar en calor. Elección mía. No sé -ni quiero saberlo- cómo es que ni muecas hacía al beberlo, absorta, embobada por sus ojos, sus grandes ojos, tan cerca de mí, tan dentro de mí. Sus torneados brazos, acurrucando mi delgado talle, flaquito talle. Sus piernas de futbolista. Su nariz de escultura de Miguel Ángel. Sus labios carnosos, mmmmhh. Su larga, negra y serpentineada cabellera, que lo hacía verse tan joven hasta no creer, más allá de las cuatro décadas ya vividas. (Mis pechos son minúsculos). Su pecho, su tarzanesco torso. Su espalda de fisicoculturista en ciernes. (Mi cintura de cincuenta centímetros). Su cintura desgrasada. (Sesenta centímetros en mis caderas).Y sus nalgas, ah sus nalgas de gimnasta. Para mordisquearlas lentamente, una por una, intercambiándolas amablemente, ora la derecha, ora la izquierda, restregando mis inmaculadas bondades sobre sus tensos y sudorosos músculos, hercúlea anatomía que beso, que toco, que cubro de saliva, que chupo su hombría, que succiono sus líquidos... Mi cuerpo que ardía por dentro como volcán a cuyo cráter lo cubre un grueso domo que está a punto de romperse. Mi cuerpo que crujía contra el suyo y chorreaba deseo, líbido, lujuria. Mi virgen cuerpo que ya no quiere serlo. Y él llegando y yo recibiéndolo, a la misma hora en que lo conocí, y él tocando y yo permitiéndole pasar, y él "Buenas tardes, señoras", tan enorme, noventa kilos revolviéndose adentro de mí, ¡tan viril, Dios!, y yo tan menudita, "Señorita para usted", tan obstaculizada, ambos como dos reptiles, intentando una exploración segura, yo dejándolo hacer su tour, él sin prisas, sin pausas, hasta la cima, aaahhh, abriendo camino, ¡ah!, hasta el fondo, ¡ay!, sin nada de por medio, más de cuarenta años de vida sobre mí, demasiada experiencia enseñándome, guiándome... ¿Quién más, cual terremoto de fuerza indescriptible? Inmenso, aaayy, sí, enorme, mmmjú, poderoso, cimbrando mi alrededor, mi aquí, mi allá, mi más allá, explorando mi entorno por completo y un poco más, penetrando y saliendo de mi epicentro, como si encontrara lo que buscaba y hacía muchos viajes, completo, inofensivo, rompiendo suavemente con su enhiesta y gigantesca, impensable virilidad -así lo sentía-, abriendo aquella frágil malla que impedía el placer de estrujarme completa contra él, toda suya mi más profunda protección, perforándola, el eco "Señorita para usted" que no cesa, desgarrándome, sí, ¿qué más?, toda suya mi más entera piel, ¡ay!, mi más íntima profundidad, avanzando por dentro y por fuera, por todos lados, esculcando mi lava, mis flujos piroclásticos, lenta y armoniosamente, un vulcanólogo profesional, como yo lo deseaba, como lo había soñado, ¡aaahh!, como estaba predestinado, "Señorita para usted", como la lágrima que resbala sin caer del todo, con sigilo, sitiendo un leve y placentero dolor que poco a poco disminuye y me despierta la más descarada y desinteresada caridad, para permitirle el paso, para que entre y salga de ese húmedo y rosado cráter recién abierto, hirviéndome, caliente cavidad que pide más dolor, hiriéndome, más calor, humedeciéndome, transitándome por primera vez, la bendición humana, absorbiendo mis vapores, una herejía, mis estorbos, revolviendo mis materiales incandescentes, una posesión a la que no se quiere dejar de pertenecer, la que arrastra con esa suave brisa, única, irrepetible, perenne, y con él, sí, ¡ay!, con él, cuarentaitantos años adentro, más, más, ¡más!, hasta adentro de mí, atizándome, hasta lo más hondo, sodomizándome, él, que había dicho "Buenas tardes, señoras", y más, más allá de lo imaginable, él, que no reparó en la adolescente que era yo entonces..., ahora suave, y yo, ignorante del tiempo que duraría mi castidad, suave, sí, con cautela, afortunado dueño de mí, "Señorita para usted"..., suave, con ternura, como supongo tratan los esposos en su noche de bodas, vulgarmente dulce, como sus arremetidas, salvajemente henchidas de pasión, una tras otra, y el cráter que ruge por entre mis labios, y así hasta desvanecerse juntos, una y otra vez, "Señorita para usted", hasta confiarle, horas adentro de mí, hasta dármele, compartirle, entregarle, cumplirle incondicionalmente, hacerle efectiva aquella ingenua insinuación en esa respuesta el día que lo conocí: "Señorita para usted"... Así, sin ortografía, virgen, con las palabras una tras otra, dándomele, toda suya, entregándomele, mi última frontera para él, sin reclamos, inmaculada para él, mi hímen para él, sí, pues sí, claro que sí, ¡por supuesto que sí!, hecha para él, ay, sí, sólo para él, ¿para quién más?

*****

Nunca más volví a sentir semejante placer.
La sensación de que lo tenía adentro de mí me duró varios días (creo que aún la siento a veces).
Él jamás volvió a buscarme y yo no logré acumular el suficiente atrevimiento para hacerlo. Tan intensamente mi cuerpo lo deseaba tanto entonces, como hoy pienso que si vuelve, no me importará nada para repetirlo. Así tenga que violar las estúpidas normas de este tétrico convento donde me recluí desde hace dos años, y uno de cuyos rincones hace más insufrible el silencio que me atormenta al escribir esto, agradeciéndole a Dios -aunque me condene- que aún ahora se humedezca y caliente mi cráter tanto como esa tarde y, claro, por haber entregado mi más profunda cavidad en un orgasmo tan intenso como en el que él me introdujo con inolvidable hombría, cinco años después de aquel ingenuo y simple "Señorita para usted"...


*Cuento del libro "PRECOCIDADES", de FREDDY SECUNDINO S. (Editorial Resistencia, 2006).


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