martes, 6 de julio de 2010

ALFONSINA

Freddy Secundino S.


Cómo me duele que hayas muerto, Alfonsina;
yo no sabía que estabas enferma,
nunca me lo dijiste:
querías morirte, ¿verdad, Alfonsina?
Querías irte sin avisarme, ¿verdad?

Es como para morirse pensándolo,
pero es tonto, porque tú ya te fuiste,
ya no estás conmigo: estás muerta.

Te fuiste anoche, cuando yo dormía,
y eso es injusto;
estoy seguro de que debiste pensar que yo te detendría
si te veía partir,
y créeme que sí lo hubiera hecho, Alfonsina,
porque tú sabes, o supiste,
que mi hija se llama como tú:
entonces, ¿cómo no dolerme que te mueras?

Ya me hiciste pensar en esto, Alfonsina:
no te hubieras muerto,
no me hubieras recordado que mi hija está enferma.

Pero no te voy a sacar de esta casa, Alfonsina:
¡te voy a meter en un frasco con alcohol!
para que mi hija te conozca cuando crezca,
porque ella no me va a dejar.

¿Te imaginas cuánto jugarías con ella
si no hubieras decidido irte?
¿Tú crees, Alfonsina, que es fácil olvidar
tus gritos y arañazos
cuando no te daba de comer?
¿Crees que es fácil olvidar tus parpadeos
para cambiar la forma de tus pupilas?
Nada de eso es fácil, Alfonsina. Nada.

¡Qué estúpida debió haberte parecido la vida!,
¿verdad, Alfonsina?

Supongo, pues, que te fuiste decepcionada.
Y qué triste.

Por eso, cómo me duele que te hayas muerto,
¡condenada gata!


*Publicado en la revista ETCÉTERA, en 1994.

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